“El Ruido” by M.Sitka. El aterrador relato de un BlackWater en NYC

EL RUIDO

MICHAEL SITKA

Reedsport,OR. Viernes, 05 de agosto de 2011

“Tal vez sea la propia simplicidad del asunto lo que nos conduce al error”

E.A.Poe

pistola

 Dum Dum enfiló con su Toyota flamante por Broadway. El todoterreno sobredimensionado aparentaba un tanque a toda velocidad por la Gran Manzana. Otro cualquiera se habría escandalizado, para DD ese pensamiento le hizo sonreír. Una multa. Le parecía casi un chiste estar conduciendo por la noche y no esperar nada más allá de una multa. Disfrutó del momento y asustó a más de un aburrido neoyorkino  de vuelta a casa después de un duro día de trabajo.

            DD dejó el coche en el aparcamiento  del 71 de Broadway Av. Subió las escaleras y avanzó bajo el toldo azul de la entrada. Le gustaba. Todo podía haber ido a peor, pero no. DD vivía en el distrito financiero de Manhattan. Los seiscientos pies del apartamento del piso 36 era algo con lo que había soñado. El apocado hijo de aquellos obreros que en el Madrid de los años cincuenta habían prosperado lo justo para un pisito de las Hermandades del Trabajo y un saco a la espalda lleno de sueños sin cumplir estaba en la cima de su carrera, lo suyo no eran sueños rotos, los sueños se habían ido cumpliendo con una exactitud que parecía sobrenatural, porqué lo que sí había sabido con seguridad desde niño era que las oportunidades serían pocas. La vida de DD en realidad había transcurrido en una especie de permanente estado de alerta.

Era el verano de 2011, tenía cuarenta y tres años y dentro de tres semanas volvería a España retirado. Los últimos días los había pasado buscando su residencia dorada en unos de los mejores barrios del cinturón de Bilbao. Se lo merecía tanto como el chic apartamento de Manhattan. Interrumpió su visita cuando el mensaje llegó a su Iphone. El último trabajo. Después de veinte años de profesional, había llegado el merecido descanso. Un último trabajo y se acabó. Un retiro dorado. Mientras esperaba en uno de los diez ascensores del edificio su mente fabuló. Comprar el periódico, pasear un braco de pura raza, participar incluso con el resto de la sociedad civil, quien sabe si incluso se llegaría a reconciliar con la sociedad, quien sabe iba imaginando en el ascensor, si al final no se convertiría en el autor de éxito que contaría desde el arrepentimiento y la distancia de los años, su experiencia vital, siempre cercana a la muerte de una manera u otra. Porque de la muerte vivía DD.

            Pasó la tarjeta de seguridad y un led  verde se iluminó. La puerta emitió un ruido característico y quedó abierta. Entró con paso firme y miró alternativamente a un lado y otro, mientras de forma automática pulsaba el código de la alarma. Las intervenciones en falso ocasionaban gastos, no estar alerta te podía costar la vida. Todo ok. Se descalzó, dejó la bolsa de mano sobré el sofá y se sirvió una cerveza bien fría del General Electric que habría sido el sueño de su vieja. El último trabajo. Le preocupaba que fuera en esas fechas, no le gustaba, en esos días la muerte debería tomarse unas vacaciones, como el resto del mundo. Huyendo del pasado dirigió su pensamiento al futuro viéndose en su papel de indiano, pero siempre su mente viajaba hacia atrás en el tiempo. El silencio de un escaso vecindario en el corazón económico del mundo parecía cortarse en el apartamento de DD. Sólo el reloj del salón profanaba con un tic-tac  feroz e inexorable, el silencio que le rodeaba. Él solía llamarlo “el jardín zen del broker”.

Sacó el Iphone de la bolsa y procedió a abrir el correo. Dos mensajes estaban marcados sin leer. Su servidor de correo tenía interpuestas otras tres cuentas en tres servidores alejados miles de kilómetros entre sí. Seguridad. Su trabajo era el más solitario del mundo, el cliente siempre desconocido contactaba a través de un foro sudafricano, mirror de otro en Sri Lanka. Después una bomba lógica haría desaparecer el mensaje en el cielo, o infierno quizá, de los datos perdidos. Fijó los datos y las fotos en su memoria como el profesional que era. El último trabajo. Acabó la cerveza, los recuerdos no dejaban de acudir a su estresado cerebro. Mientras se levantaba a por algo más fuerte, repasaba minuciosamente el plan. Sobre una escasa cantidad de agua comenzó el ritual previo al trabajo. Whiskey hasta que el sueño venciera la ansiedad. Conectó a través de la red  con una dirección de privilegio de un conocido banco helvético y comprobó que la mitad del pago ya se había hecho efectiva. Intento olvidar momentáneamente la cara de la imagen del correo e intentó verse dos semanas después del encargo disfrutando de su soñado retiro dorado en Las Arenas. Se recostó en el sofá de diseño, paseó el frescor del vaso por la frente y recordó cómo había llegado hasta allí.  El tercer trago cerró sus ojos mientras escuchaba a los hermanos Perry cantando a la muerte. ¡Qué banda más guapa! Pensaba mientras sus ojos se cerraban y el sueño iba viniendo poco a poco.

            El sueño siempre llegaba de la misma manera, colores amarillos y ocres, casa de adobe y la sensación amarga del polvo y la sangre en la boca. La sed era lo peor de sus pesadillas. Dejo  las fuerzas armadas harto del pobre sueldo y de luchar en una guerra que ni su propio país reconocía. Fuerzas humanitarias. Una mierda para ellos. Cuando se cansó de recibir por todos los lados y la misión finalizó le enviaron a casa y presentó su renuncia acompañada de varios informes psicológicos que le acreditaban como victima de aquella cosa que parece que sólo le sucede a los militares gringos. Stress postraumático. Sabía lo que hacía. Había congeniado con algunos de ellos y por medio de canales de comunicación propios fue avisado para una entrevista en el hotel Convención de Madrid. Volvió a ese puto desierto, pero esta vez era un Black Water. Esta vez no se dejaría matar por tres mil cochinos pavos. Esta vez el miedo lo sentirían otros, medio millón de pavos al año era un aliciente mucho más poderoso de lo que parecía. Durante ocho años no quiso disfrutar de permisos, una pequeña fortuna le permitió alquilar un elegante apartamento en Nueva York Su prestigio le precedía en el reducido círculo del asesinato por encargo y nunca le faltó el trabajo.

 El silencio del apartamento estaba mimetizado con el silencio que a esa hora reinaba en esa zona de Manhattan. La que unas horas después herviría con la codicia insaciable del ser humano expresada en cien idiomas en ese momento estaba agazapada tras un silencio sobrecogedor. Habría SENTEX suficiente para acabar con todo el  jodido silencio, una vez fuera toda pompa y circunstancia- se acordó de Elgar y de su andrógina profesora de música del instituto, casi seguro bollera- sólo quedaba el silencio del objetivo cumplido. DD rico, el resto era indiferente.

Al principio parecía el contrapunto del movimiento del segundero del reloj, el cansancio, quizá el volumen del televisor no le dejo apreciarlo en su individualidad, llegó a molestar como un invitado con quien nadie cuenta, cada pocos segundos, sin un ritmo característico DD lo escuchaba y como todo aquel acostumbrado a una vida disciplinada y metódica el ruido comenzó a ser jodidamente molesto. En casa todo estaba en orden y las calidades de la construcción reducían los ruidos exteriores a casi nada, aún así, imperceptiblemente comenzó a ser claramente audible para DD. Le empezó a tocar los cojones, mañana sería un día decisivo en su vida, dos kilos de explosivo militar, un parking de autopista, un teléfono con el número  de la suerte, un hijo de puta menos- eso siempre resultaba justificatorio- un portazo decidido a su antigua vida y adiós. Ese puto ruidito le estaba empezando a poner nervioso en la víspera de su último día de trabajo.

Era obvio que el ruido existía y no había salido de su imaginación. Convencido se levantó del sofá y se dirigió a la cocina, las instalaciones eran nuevas y era imposible escape alguno, tampoco había goteras en ninguna de las habitaciones, pero persistía esa pequeña alteración de la rutina y odiaba esa sensación. Intentó poner orden en su cabeza y empezó a barajar las distintas posibilidades. No había ninguna avería que justificara el ruido, arriba había un despacho de brokers que hacía horas que habían cerrado su particular chiringuito, sólo quedaba la pareja de ejecutivos canadienses de al lado. Se tranquilizo un tanto, estarían follando a su presbiteriana manera aquellos cuáqueros explotadores de economías ajenas, podían haber elegido otra noche para divertirse. Fue hacia su dormitorio a cerrar la puerta y amortiguar los sonidos del amor, el ruido rítmico y sordo aumentó, no dejaba espacio a los gemidos propios de un buen polvo. Se estaba cabreando de verdad y eso no era en absoluto bueno. Dejó la cerveza sobre la mesa del salón y ¡Qué carajo! Salió al corredor. Colores pastel neutros y detectores de humos pasaron sobre DD mientras se dirigía a la puerta de los quebecoix para parar el polvo que iba a acabar con sus nervios. Antes de la mitad de los seis metros que separaban ambas puertas se dio cuenta con inquietud que el ruido había desaparecido. Era normal supuso, donde era más audible era en la pared que daba con su dormitorio, un cabezazo por cada embestida, sonrió para sí mismo pensando en que en algún momento tras un pollazo más subido de tono que el habitual la jodida vecina se habría partido el cráneo contra el cabecero y él podría descansar de una puta vez. Llamó. Dos timbrazos cortos. Nada. Unos segundos después cuando ya estaba decidiendo si marcharse o echar la puerta abajo el chasquido electrónico de la puerta sonó y apareció la cara completamente adormilada de la canadiense; se esforzaba desesperadamente  en abrir los ojos. En ese momento DD se sintió ridículo, pidió disculpas como pudo y se retiró. Esa mujer  estaba haciendo cualquier cosa menos estar de fiesta. Un portazo y un taco ininteligible en algo que parecía francés acabó con sus relaciones con el país de la hoja de arce. En cualquier caso en el corredor el silencio era absoluto y el ruido había desaparecido. Volvió aliviado hacia su apartamento.

Blackwater-contractor

  Abrió la puerta de su apartamento de nuevo con la tarjeta exclusiva del edificio. Las puertas de entrada siempre cerradas, las de salida siempre francas, recordó sus años en las montañas afghanas. Hasta ese momento su entrenamiento había sido excelente, le hacía sentirse como el sheriff en una película mala del oeste; con los Black Water no era el malo pero podía serlo con los malos de verdad. Apoyado contra la puerta recordó el lema y durante unos segundos volvió a las montañas que tenían nombre de playa hawaiana, Bora Bora. Nadie entra si yo no quiero, siempre una puerta de salida. Entre esos dos pensamientos el repiqueteo sordo de una F50,  Dum Dum, de ahí le venía el apodo DD, era un experto, había experimentado la epifanía con una ametralladora pesada de gran calibre, el misterio al descubierto una mañana de emboscada. Una partida de insurgentes había ocupado por la noche una  aldea de adobe protegida por tropas noruegas. Una llamada recibida por satélite les dio la posición y esa noche los Black Water, los más odiados y temidos, entraron con cinco blindados armados con F50. DD sintió la tensión del momento, armó la ametralladora pesada y entró a la cabeza de la columna. Con sus uniformes negros parecían Nazguls de la saga del anillo, el terror se abría paso a sangre y fuego por la calle principal de la aldea, los visores nocturnos y las bengalas no daban pie a discriminar entre unos y otros, todo caía al paso de DD, muros, minaretes, aldeanos y rebeldes, de toda edad y condición eran confundidos y partidos en pedazos por el terrible impacto de los proyectiles. La posición fue recuperada para las tropas civilizadas y los tres nórdicos abatidos sobradamente vengados. La carnicería, la primera, no afectó realmente a DD, eran blancos en tierras salvajes, aquella gente eran tan solo objetivos en un macabro videojuego de realidad aumentada, ellos no recogían, eso lo harían los “humanitarios”, ellos abandonaban el campo sin un gesto de aprobación o repulsa, un buen trago en los campamentos mercenarios bien abastecidos y ni una sombra de recuerdo para ese chaval alcanzado por varios impactos simultáneos y partido literalmente por la mitad, el blindado pasó por encima del tronco despedazado del muchacho a la busca del mejor licor de malta y de los brindis bastardos a la salud de DD por su jodida puntería. Después el reconocimiento por parte de la central americana. Una prima de treinta mil dólares en un fondo de inversiones neoyorkino. La primera aportación, el primer paso hacia ese sueño propio de la voluntad de un gigante de moral enana y disminuida. Pero quienes somos para criticar un sueño.

Los flashbacks los sufría desde el comienzo de su “carrera civil”, duraban poco pero le dejaban durante unos segundos fuera de la realidad, afortunadamente en ese momento no estaba en una cena o con cualquiera de sus amigas de la ciudad, que pretendían tanta intimidad sentimental como él mismo, ninguna. Se apoyó contra la puerta, sonido característico  de la puerta franqueando el paso, el pulso comenzó a aquietarse, esos retornos al pasado le dejaban muy alterado. Se reprendió a si mismo, mañana era el día decisivo, el último trabajo, pasar página, olvidar a la bruja, empezar  el fueron felices y comieron perdices de una vez, que ya iba siendo hora. Entró en el apartamento con la cara empapada en sudor. Quizá dentro de muchos años se lo contara a un psicólogo, mientras tanto “a por ellos”.

 El sudor se congeló en su cara. Segundos después de volver a conectar la alarma el sordo y rítmico golpeteo volvió a machacar su cerebro. Una furia sorda comenzó a aflorar, el qué o quien fuere no le iba a joder su última jornada laboral. De forma automática tomo de un cajón de la cocina su Walter del 45 y la amartilló con furia homicida. Al llegar a la puerta recapacitó, era un profesional, ¿Qué pensaba hacer, asustar a una pareja cuáquera follando o quizá reparar una fuga de agua a tiros? Se sintió ridículo y devolvió la pistola al cajón de donde la había sacado. El ruido continuaba llenando el silencio cómo si no existiera otra cosa. Tiro lo que quedaba de cerveza al fregadero y se mojó la cara. Buscaría el origen del problema, y le pondría solución. La pasión propia de su raza nunca le había compensado tanto en la vida como la visión analítica y anglosajona del mundo lo había hecho.

Intentó aislar el ruido y sacarlo de su cabeza, igual que hacía en las misiones urbanas, cada puerta, cada esquina, una portezuela a la altura de las rodillas, una bicicleta o carretilla inocentemente olvidadas en la calle a tu paso, un pistolero bajo un puesto del mercado. Él atribuía su conocido instinto para ver al malo antes de que éste le viera a una simple y llana exteriorización de lo que veía u oía. En esos momentos no importaba lo que DD sintiera, lo único que podía salvar  la vida de DD y sus sueños de futuro era una fijación compulsiva en su exterior y el abandono absoluto de su interior. Un depredador perfecto. Bajo esas premisas DD se dispuso a acabar de una vez por todas con el puto ruido. Jamás se le paso por la cabeza pedir una habitación en un hotel y dejarlo correr.

 Intentó tranquilizarse, la luz parecía ser algo más tenue y el espacio ligeramente diferente, todo era atribuible al estado de nervios en que le había sumido un ruido que, en el momento en que el silencio del entorno volvió a tomar el mando, tomó un protagonismo que transformó la furia en inquietud. ¿Sería un juego? ¿Habían descubierto su particular manera de ganarse la vida? No podía ser, aunque quien sabe. Empezó por la cocina. Ni una sola fuga de agua. Esa jodida gota que esperaba encontrar taladrando sus tímpanos en el silencio nocturno no pudo ser encontrada. Revisó toda la fontanería de la casa metódicamente. El ruido continuaba con su ritmo inexorable, acompañado ahora de un sonido sordo como de tierra removiéndose. En realidad no estaba localizado en ningún lugar concreto. Sonaba dentro de su cabeza y no poder encontrar la fuente del problema le estaba poniendo desagradablemente nervioso. Es posible que fuera algún tipo de animal, pero aparte de resultar extravagante en un edificio nuevo y de buena calidad constructiva, no le tranquilizaba en absoluto qué tipo de animal podía dar ese tipo de golpes. Miro a su alrededor buscando soluciones y su mirada tropezó con la puerta de su dormitorio, la estancia más espectacular del apartamento. Grande  y luminosa, la alcoba con vestidor y jacuzzi era el lugar preferido de DD. ¡Qué estúpido había sido! Pensó, lo que fuere solo podía estar más allá de la puerta imitación de  roble viejo que  franqueaba la entrada a la habitación. DD no daba opción al error en su manera de hacer las cosas. Volvió a la cocina y apretó el 45 en su mano derecha. Desde su experiencia paramilitar, apretar en la mano un arma es como llevar chuleta al examen, nunca se debe utilizar, pero en caso contrario que sea la mejor. Pasó delante del espejo del pasillo y se sintió ridículo. La frase matar hormigas a cañonazos pasó por su cabeza y rápidamente la desterró de su cabeza sobre todo no teniendo datos sobre el tamaño, número y disposición al combate de las hormigas. DD se sonrió ante tal idea pero ni se le ocurrió soltar el arma. Agarró el pomo de la puerta con su mano izquierda y lo giró mientras el ruido de golpes y ese arrastrado sonido como de tierra rechinando parecía aumentar de volumen.

 Se mantuvo a un lado mientras el giro parecía eterno, la puerta se abrió sin un chirrido y DD saltó hacia el interior. El golpe machacó la nariz y la frente con un crujido; del tremendo impacto salió despedido hacia atrás, en décimas de segundo, desde el suelo, DD apretó el arma con las dos manos e hizo dos descargas a ciegas; la sangre desde la frente cubría sus ojos y todo el rostro se iba convirtiendo por segundos en una máscara roja. Se hizo un silencio que entre las volutas de humo del cañón de la Walter solo era interrumpido por el puto ruido que incrementó su volumen en la medida que el dolor de DD iba dando lugar a un latido sordo y opaco. No entendía nada. Estaba confuso, apartó la sangre de la cara y lo que vio no hizo sino aumentar aún más si cabía su estado de shock. Donde debía estar su dormitorio sólo había un muro de tierra ocre claro. Los dos impactos habían producido pequeños cráteres en la superficie del muro. ¿Dónde estaba su dormitorio? Reculó como pudo hacia atrás hasta que su espalda golpeó violentamente contra el muro del corredor, veía todo a través de un velo rojo, gritó mientras descargaba el resto del cargador sobre el muro de tierra roja, siguió gritando y manoteando para quitarse la sangre de la cara. La respiración se había convertido en un gorgoteo apresurado, ¿qué coño había pasado? Estaba asustado y cabreado. El dormitorio con vestidor y jacuzzi había desaparecido, sólo había un muro de tierra, si era una broma había superado todos los límites que pudiere imaginar, pero había algo que asustaba y mucho. DD era un animal racional que había construido su vida sobre el adjetivo “previsible” y lo que parecía estar ocurriéndole estaba jodidamente lejos de ese adjetivo. Se incorporó con los ojos cerrados, el dolor atenazaba su cabeza como un casco de tortura. Se dirigió al baño, todavía había agua, algo tan simple ahora parecía un riesgo más. Se limpió la sangre con una toalla, su nariz hacía una finta a la izquierda, obviamente el tabique nasal estaba roto. Entre latidos dolorosos esta vez lo tuvo meridianamente claro, tiró la pistola sin munición, recogió su portátil y sin prestar la más mínima atención a la alarma abrió la puerta para salir al exterior, normal y tranquilizador, después daría explicaciones a la compañía de seguridad.

 La puerta blindada se abrió; DD sintió que sudor, sangre, músculos, todo en su cuerpo se quedaba congelado. Donde debiera estar el pasillo principal, el exterior, sólo había tierra y cantos rodados, en lo que su cerebro confuso recordó lejanamente como el antiguo lecho de un rio. Detrás de la puerta parecía haber otro eslabón roto de la cadena de hechos que debería sujetarlo al mundo real y que lo estaban arrastrando a una situación tan carente de sentido como peligrosa. DD tenía un sexto sentido para el peligro, se giró y corrió hacia las ventanas del salón desde las que se debería ver la ciudad iluminada. Apretó el pulsador que subía las persianas bajadas durante todo el día; tenía un negro presentimiento, por debajo de las puertas de la cocina y el baño no salía ninguna luz. DD no era un imbécil, todo funciona según el principio causa-efecto, la causa de esa situación, que se tornaba claramente claustrofóbica, no la conocía, pero el alucinado efecto lo tenía delante de sus ojos. Él ya sabía que en lugar del skyline neoyorkino encontraría otro muro de tierra sucia y cantos rodados.

 Se sentó en el suelo, recogió la cabeza en sus manos e intentó ordenar sus pensamientos. Intentó imaginar que le podía haber ocurrido al edificio. Nada lejanamente lógico podía explicar por qué en unos minutos más de treinta plantas del edificio habían quedado en el subsuelo sin que ni él mismo ni ningún otro inquilino se diera cuenta. Se sorprendió riendo. Era tan ridículo. Miró hacia el techo de lo que quedaba de su apartamento, las rejillas de ventilación parecían permanecer intactas. Se levantó acercó una silla a una de ellas, y tiró de ella brutalmente. La esperanza estaba quizá allí, nunca podría pasar su cuerpo a través del reducido espacio. Asomó la cabeza, oscuridad y el insoportable ruido le taladró las sienes como si fuera un cuchillo, eran como martillazos sobre su propia cabeza, existía un sonido de fondo como de tierra húmeda removiéndose con una pala; quizá todo se debía a un fenómeno geológico repentino e imperceptible, pero descartó esa posibilidad porque ya estaba suficientemente jodido como para insultar a su propia inteligencia. Frente a una situación de enterramiento ponerse en contacto con el exterior es lo que te puede salvar o al menos eso era lo que decía el manual de protección civil que le habían entregado junto con las llaves del apartamento.

 La situación se estaba poniendo lo suficientemente cuesta arriba para no descartar ninguna posibilidad. El ruido parecía haber desatado la extravagante situación y quién sabe, quizá más ruido pusiera solución a la situación. En su apartamento no había barras de acero para hacer ruido contra las tuberías, en cualquier caso esas tuberías del pasado ya no existían; pero recordó que tenía algo mejor para llamar la atención de sus vecinos o de quién diablos estuviera en el exterior.

 En un hueco disimulado del armario adosado a uno de los muros guardaba el regalo de despedida que le habían hecho los chicos de la Compañía cuando oficializó de alguna manera su marcha. Era un emprendedor y eso gustaba. En una caja de marquetería forrada de terciopelo descansaba una pistola de gran calibre, el hueco de la munición albergaba un cargador de balas Dum Dum, quizá lo habían hecho en honor a su apodo. Balas explosivas, una munición cualquier cosa menos legal y discreta. Si era por hacer ruido por él no iba a quedar y no disponía de muchas estrategias más. Con el miedo de encontrarse el puto muro en vez de armario, cruzó los dedos y abrió la puerta.

 Un miedo como nunca había sentido en el combate o en la ejecución por dinero de un semejante era sentido ahora como un mazazo sobre su cabeza. El ruido había incrementado su volumen y sonaba cerca pero no dentro de su cabeza. El pánico amenazó con aflorar. El pánico no es creativo, te paraliza; el miedo es creativo y  unido al sentido común es lo que te hace permanecer vivo, pero el problema es que no existía explicación plausible para una situación como aquella, era el momento perfecto para gritar presa del pánico, DD se había visto en algunas muy jodidas, pero no parecía haber detrás un mago usando a DD, para como al conejo sacarlo de la chistera a un mundo enloquecido que parecía haber desaparecido en el interior de un catafalco subterráneo.

Tuvo que secarse la mano empapada en sudor antes de agarrar la manilla del armario. Era la única oportunidad si es que tenía alguna, si como temía, el muro aparecía cegando el paso, no sabe qué ocurriría pero aparte de gritar para despertarse de ese mal sueño no le iba a quedar ninguna alternativa racional posible. Le poseía un sentimiento desconocido, lo reconocía como si de un experimento científico se tratara. DD estaba literalmente acojonado, al borde del colapso nervioso. Los dedos se posaron sobre el picaporte de la puerta y se quedaron paralizados, compulsivamente agarrados a esa mala imitación de bronce. Tuvo que, consciente y premeditadamente, obligarse a abrir la puerta.

No se tiró dentro del armario, su nariz había aprendido dolorosamente la lección, abrió despacio y lo que vio en su interior le hizo sentarse en el suelo, lloró como no lo hacía desde niño; El armario era espacioso y de la barra superior colgaban media docena de trajes de colores neutros. El interior del armario existía, no había desaparecido como el resto, había espacios que parecían pertenecer todavía a la realidad de DD. Como alelado buscó la ligera cadena que encendía la luz interior. Dos pequeños focos halógenos iluminaron ese pequeño espacio. Se sorprendió manoteando torpemente; en una  esquina del suelo una caja envuelta en un paño apareció a sus ojos como la única solución del mundo real al alcance de DD para solucionar un problema que parecía cualquier cosa menos real. Se arrodilló pensando en abrirse paso a tiros como última solución desesperada. Retiró el fieltro verde que envolvía la caja con una sonrisa en la cara que recordaba el gesto de desesperación que mostraban los ahorcados cuando el nudo de la horca no les partía el cuello a la primera y se iban asfixiando, poco a poco, mientras el pataleo preludio de la muerte acompañaba a la terrible mueca que iba convirtiéndose en el rostro, casi negro, propio de un estrangulamiento. Con dedos nerviosos más propios de un yonki sin esperanza que de un frio asesino a sueldo abrió los dos cierres de falso dorado y precipitó sus manos hacia el interior buscando el arma.

Entre sus dedos crispados empuñando una pistola inexistente se deslizaba la arena ocre claro que se había convertido en su prisión irracional. Las lágrimas afloraron a sus ojos, el llanto histérico mezclado con la furia le hicieron tropezar cayendo  contra los batientes sin pestillos de su gran armario de diseño. No se sorprendió demasiado en realidad, debería haber salido despedido contra el suelo del salón, pero no fue así. Ya no se hizo preguntas.

Las puertas no se movieron, del espacio de escasos dos milímetros que había entre las puertas ya no se filtraba un solo rayo del salón iluminado que había dejado atrás; en cambio, con cada empujón una fina cascada de arena de cuarzo mezclada con arcilla se abría paso hacia el interior. La mirada de DD se centró en los dos halógenos que todavía iluminaban un pequeño espacio de una realidad que se iba desmoronando a pedazos. Estaba deslumbrado por los focos y con la vista desenfocada por las lágrimas cuando todo se hizo oscuridad, y esa vuelta a las tinieblas, ese fundido instantáneo en negro lo ocupó todo salvo el resplandor persistente del deslumbramiento que DD pensó debido a unas luces que ya con seguridad no existían. Se apoyó contra la pared de lo que había sido el armario para, sin éxito, seguir intentando buscar una explicación medio racional para lo que le estaba ocurriendo. DD esbozó una mueca de locura en la oscuridad, el suave laminado de roble que forraba el armario obviamente también había desaparecido. Ahora no había lugar a dudas, sería real o no, pero su realidad ahora consistía en un enterramiento en vida, olor a cagadas de rata, orín y sudor. Su elegante “NY Apperal” había desaparecido, su desnudez era casi total y el dolor sordo de su maltrecha nariz se extendía hasta cubrir toda su cabeza.

 No pudo dejar de reír con amargura, al fin y al cabo había vencido. El puto ruido había desaparecido, ese golpe rítmico y arrastrado a un tiempo había cesado al fin y qué era eso sino una victoria. La última. Con los ojos aún deslumbrados echó la cabeza hacia atrás intentando evitar el  estallido incipiente de una crisis de miedo paranoico, ¿dónde había quedado su mundo? De alguna manera ese terror se correspondía como a una vuelta al mundo vigil, lo que a DD le parecían efectos del deslumbramiento, se fue enfocando en una franja luminosa por encima de su cabeza, la imagen, la esperanza volvió para desvanecerse inmediatamente, los recuerdos se agolparon en su cabeza.

 Unos ojos blanco sucio de pupilas negras enmarcados en profundas y arrugadas ojeras se asomaron a la madriguera, oyó una carcajada, una boca grande y repugnante de la que asomaban únicamente dos piezas renegridas de caries no paraba de reírse. De repente la risa paró y en un detestable inglés le comunicó su sentencia.

DD gritó en afghaní pidiendo ayuda. Su voz reverberó a través de los muros del pozo en el que iban a enterrarlo en vida. Como una explosión su cerebro recordó las últimas horas, la mina anticarro, el golpe salvaje en la cabeza al salir despedido contra una casucha de adobe, unos brazos delgados y fibrosos tirando de su cuerpo hacia los túneles que perforaban todo el subsuelo de la aldea. La venganza en aquellas montañas era algo completamente personal, nunca un insurgente causaba bajas a la Coalición, para ellos era algo mucho más apegado al terreno, a la propia piel, donde apedrean a las mujeres hasta matarlas, el proceso de tránsito que es la muerte para un maldito demonio debía hacerse de una manera más reposada y premeditada. Su último recuerdo antes de perder la conciencia correspondía con la caída al pozo.

El último tablón fue colocado sobre su trampa y el ruido volvió, el golpe acompasado del martillo fijándolo con clavos fue identificado por DD inmediatamente, el ruido paró, un motor pesado comenzó a remover lo que parecía arena, los escasos espacios entre las tablas que dejaban filtrar los últimos rayos de luz que verían los ojos de DD fueron sellados por la arena, que en otros tiempos fue para él y los suyos la materialización de una esperanza en tiempos mejores por tres mil cochinos pavos al mes.

 La oscuridad ocupó el limitado espacio. El Sol iluminaba el flanco oriental de aquellas montañas lejanas mientras un aullido inhumano pugnaba en vano por abrirse paso a través de un universo mineral por valles y barrancos hasta la nieve que cubre las cumbres. Después todo ruido cesó y el silencio absoluto reinó en el agujero.

“En algunos casos el silencio es peligroso”

San Ambrosio (339-397 D.C.)

torabora1215

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