“El bar al que nunca volví”. El relato

El bar al que nunca volví

Michael Sitka

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Había en las montañas donde viví largos años un bar como muchos de los miles que todavía subsisten en nuestra geografía. Era un bar de pueblo, de esos donde la luz del día se abría paso con dificultad, como pidiendo permiso para no importunar a los parroquianos que lo frecuentaban, y como en los otros dos establecimientos de la competencia no había visto cambios en su vulgar fisonomía desde su apertura.

La pintura desgastada y oscurecida por los años, una barra de formica industrial cansada pero feliz de sostener los vasos de los siempre escasos clientes. Ya fuera una caña de cerveza o un chato de vino, sol y sombra mañanero o pelotazo de última hora esa barra había visto pasar las alegrías, las penas, las tragedias y las celebraciones de esa pequeña y casi olvidada localidad de la sierra que flanquea por el norte la capital del reino.

Al fondo un hueco oscuro como boca de lobo, deslucido y sin puerta daba paso a lo que presumiblemente era la vivienda del tabernero. Flanqueaban al negro agujero dos viejas mesas de bar atestadas de prensa deportiva atrasada; no se podía esperar otra cosa del bar de Juan, que ese nombre le vamos a dar para respetar el anonimato del tabernero, un bar genuinamente de pueblo de la vieja y deslustrada patria.

En la esquina superior izquierda, como en la mayoría de bares presidía el aquelarre pueblerino una gran pantalla de televisión donde los más habituales ya habían sentado la costumbre de ver los toros y el fútbol en compañía de buenos amigos. Un gol cantado en ese familiar tugurio era como un grito de guerra, una buena faena del héroe de Galapagar levantaba olés al unísono entre los parroquianos. Hacia la calle una pequeña barra hacía las delicias de los que preferían tomar unas cañas en la calle, esa ancestral costumbre que no necesita de camareros floreados ni rigodones gastronómicos. Un tablón de anuncios pobre de factura pero que muchos agradecíamos, mantenía en sus papelotes pegados con celo esperanzas de conseguir trabajo, la venta de un inmueble difícil de colocar o las últimas novedades culturales del pequeño ayuntamiento.

No obstante lo vulgar del paisaje, había en el entrañable bareto que nos ocupa algo que me sorprendió desde el principio. El tabernero, Juan, un hombre silencioso, de mirada y sonrisa inteligente, de mostacho cuidado y un algo indefinible, mostraba una mirada un sí es no triste. En esos días nunca le conocí camareros salvo su señora, una serrana de belleza y sonrisa serena, hija del pueblo por los cuatro costados y que ayudaba a Juan en los desayunos mañaneros y sábados y domingos cuando la faena apretaba.

Si me preguntan porque escribo de un lugar aparentemente tan vulgar, tan parecido a los miles de bares que pueblan la piel de toro; no se sorprendan, es que era completamente diferente al resto, ese bar estaba literalmente dedicado a la poesía, y tampoco se equivoquen, no era un parnasillo de aficionados pagados de si mismos enfrascados en una eterna autofellatio, simplemente los sencillos y sentidos poemas de Juan cubrían toda una pared del bar. Un lugar así me parecía un lugar extremadamente exótico.

En repetidas ocasiones le había ofrecido a este poeta del pueblo, desconocido como lo es aquel, la posibilidad de publicar en el universo digital esas hojas que empapelaban las paredes. Las mismas ocasiones que el tabernero se negó; Juan no se daba importancia, de hecho podría afirmar que hasta le daba mal rollo hacerlo.

Con el tiempo desistí y llegué a admitir que la única forma de leer su obra era ir a su establecimiento a regalarme un buen café negro y unos versos por añadidura.

Trabajo, familia, mil cosas importantes que se vuelven urgentes y unos meses sin saber del tema que me ocupa, hasta un día, en que finalizadas las clases, decidí ir al local de Juan a tomar un café de los de antes. El bar estaba cerrado.

Sospeché que la salud del tabernero había empeorado y que el bar había echado el cierre, afortunadamente a las pocas semanas con rostro exterior remozado el bar del poeta estaba abierto de nuevo.

La modernidad había llegado al bar de Juan, colores nuevos en un acertado conjunto cromático de contrastes. El aspecto interior había cambiado radicalmente. Aspecto minimalista, más limpio si cabía que antes, las mesas de los periódicos abandonados habían desaparecido. Más pantallas y más grandes, mesas y sillas de nueva factura y una barra iluminada por focos halógenos que le daban un aspecto posmodernista ya algo pasado de moda pero que imponía estilo.

Inmediatamente mi vista se dirigió automáticamente hacia la izquierda, hacia ese parnaso vertical que recordaba de otros tiempos. Nada. Sólo decoración “ad hoc” para que todo el espacio respirara una única combinación cromática.

Una mezcla de alarma y sorpresa me invadió. Pregunte al patrón por sus poemas y como si de una rendición tácita se tratara se encogió de hombros. Ese café fue el más amargo que recuerdo haber tomado en mi pequeño pueblo desde hace años.

En los días en que escribía estas líneas andaba también liado con una líneas en tierras de Zack Brown de título premonitorio: “Lo que consigues es lo que das”.

Juan había conseguido un nuevo bar, renovado, moderno, más funcional y agradable a la hora de ver un buen partido, pero la poesía había huido del lugar.

Nunca volví al bar, lo intenté alguna vez pero al final siempre un nudo se me subía a la garganta y con los ojos empañados en lágrimas dirigía mis pasos a cualquier otro, era incapaz de entrar donde no hacía tanto tiempo había disfrutado de un espacio de andar por casa con las musas del poeta popular.

Y seamos serios, ¿realmente nos gustaría estar en un lugar desprovisto totalmente de poesía? A mí la profunda nostalgia del antiguo bar me obliga a responder que no, y sinceramente creo que a las musas, pasados los años tampoco.

Para Miguel simplemente por Ser,

para Marta por su desinteresado cariño y

para Bernardo por haber puesto poesía en el corazón del Pueblo

“La Poesía es un arma cargada de futuro”

(Gabriel Celaya)

fin

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