Y la discusión no paraba

Michael Sitka

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Y la discusión no paraba, ese era su Purgatorio, cuarto circulo del Dante donde las almas penan sus castigos haciendo de éstos la mas dura lección que reciben ambos, los perezosos y los impetuosos que se hacen los interesantes. Leguas andadas en el seno del dolor que en forma de nube blanquecina transporta las almas. No se acordaban siquiera de que porción de eternidad llevaban discutiendo de lo mismo. Dios los había castigado por el pecado de soberbia, muy mal visto en la corte celestial, puesto que, si El había diseñado el mundo como lo había hecho esas dos almas, aparentemente  opuestas, se habían entregado no sólo al pecado de soberbia, mas propio del primer círculo sino también al de diletantismo. En Su propia presencia.

En sus respectivas épocas tanto Vitrubio como el odiado y olvidado arquitecto Albert Speer habían defendido, uno por su elegancia y belleza el Duomo, obra maestra del Quatrocento totalmente fundamentado en su magistral “De Architectura”; el otro enfermizo, trabajador, leal y quizá un sí es no bujarrón; una monstruosa impostura al servicio del Reich de los mil años.

Si no habían sido justos en su carne al menos habían sido sabios, convencidos y preparados para lo que hacían, uno para construir, otro para soñar. Pecaron de soberbia al imaginarse por encima del resto, pero a pesar de la gravedad de la falta habían intentado exaltar la belleza y eso siempre El lo atribuía a un instintivo acercamiento involuntario a Su Gloria.

Llegado el último momento, cada cual a su manera se ajustó el paño y pasó el trago de la mejor manera que pudo. Sala de embarque o puerto de arribada en la laguna Estigia importa poco, cada cual tiene su propia visión del otro lado. El arquitecto romano entró despacio y con pompa, sin miedo, manteniendo el tipo, se cogió la toga, se acopló a los demás y alzando la mirada hacia arriba se dispuso  a esperar el tiempo que fuere necesario para el juicio del Cielo. El visionario Speer, tímido, soñador de las sagas nórdicas del Eric tuvo una entrada menos afortunada con grandes pasos y gritos, lanzando consignas merovingias confundió a Caronte con Bismarck por lo despeluchado y le  dejo bastante preocupado y en posición de firmes mientras recitaba de memoria para sus adentros cálculos de estructuras y nostálgicas tonadillas bávaras, sin moverse ni un paso, sin mudar el rostro.

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Llegó noticia a la cola de almas de que Él iba a salvar de manera inmediata, en  confirmación de la calidad infinita de su misericordia, el alma de un arquitecto. Las orejas de nuestros dos amigos obviamente se alzaron inmediatamente. Prestos, a espirituales codazos, se pusieron en la primera fila a la vista de los mamporreros del infierno. Expectantes y convencidos de sus propios méritos ninguno de ellos dudaba de su merecida elección para llegar a la presencia definitiva del creador en perfecto estado de revista.

La discusión empezó  al poco. El romano pasó tierna memoria al Duomo, heredero de su obra definitiva, una de las muestras más bellas del espíritu latino y renacentista. Al arquitecto del Reich se le iluminó el espectral rostro. Añadió una guinda de su propia cosecha, elogiando el magnífico avance que supuso borrar de un plumazo los pilares verticales de los grandes espacios abovedados, como en Santa Sabiduría (Santa Sofía) donde el patriarca del Imperio Romano de Oriente impartía cristiano consuelo al rebaño (ario, añadió).

El romano al oír mentar eso de imperio romano de Oriente se amoscó y con una inteligencia rápida pasó a enumerar distraídamente pero con una entonación senatorial llena de intención la lista de conquistas y territorios de influencia del imperio de Augusto.

Al arquitecto del Reich se le daba una mierda de los territorios turcos, obligados e inferiores aliados de su Fhürer. Le replicó, que efectivamente en los próximos mil años del Reich el imperio ario sería irremplazable para la supervivencia de la civilización, de hecho, empezando a mostrar gestos del más absoluto delirio le paso por las narices lo  de la apropiación por derechos de conquista de la la lanza de Longinos.

No paró ahí. La situación degeneró en un torbellino de estupidez, en que la mortuoria clientela se vio envuelta en una vorágine de razonamiento positivo donde ya se relacionaba la harina de habas con el empuje lateral de las bóvedas de Brunelleschi, el que por motivos propios había pasado a la gloria hacía tiempo y se ahorró el entrar al trapo de dos estúpidos tan bien documentados.

El estruendo llegó a Él y rasgando la oscuridad se presentó enfurecido a las almas preguntando a  grandes voces cual era la causa que perturbaba su reino.

Los mamporreros infernales diligentemente empujaron a los dos vainas arquitectónicos a la presencia del Creador, que sin hacer caso de la divinidad seguían enzarzándose en argumentaciones y contraargumentaciones arquitectónicas.

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Cuando de la furia de Dios se esperaba lo peor y las almas normales temblaban, apareció una estelita de humo blanco que precedía a unos ojos de conejo haciéndose hueco de recién llegado, y que con un fino sentido del humor comentó:

-Oiga, mire, yo nunca he creído una mierda de todo esto, pero por diez pavos le digo que sí a lo que usted quiera, y para lo que necesite Henry Miller funcionario de telégrafos en la 42 con Roosevelt.

El no daba crédito, semejante desfachatez en tal estallido de la tensión divina, no podía creerlo. Aunque la desvergüenza podía costarle cara decidió probarlo y le pasaron al interrogatorio previo. Lo que necesitaba el Reino era una remodelación del Purgatorio. A la batería de duras preguntas mezcladas con acusaciones a su desvergüenza respondió con una lacónica frase: -lea mis libros, pasee por Nueva York, al parecer todo lo creó usted.

Desde entonces dos arquitectos  fluyen en lo que podíamos llamar el espacio-tiempo del purgatorio diseñado por un borrachín de Nueva York, de cuyos sablazos (el alma es animal de costumbres) no está a salvo ni El.

Fin

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