Las lágrimas del torero (Bullfighter´s Tears)

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Una amiga de Bilbao me manda este breve texto basado en un hecho real, que aunque silenciado, o peor, ridiculizado por los medios de comunicación de un país tóxico en muchos aspectos ha circulado por la red ampliamente. La política de este blog, que defino como políticamente incorrecto, y el sentimiento de un texto tan sincero me ha impulsado a publicarlo. Ahí va y gracias Marta.

“L.R.C era matador de toros, nunca le había gustado demasiado el nombre pero la tradición familiar no permitió otro título para el menor de los hijos del gran aficionado que era su padre, profesional liberal de éxito y propietario de una ganadería de reputado prestigio. “El benjamín de Barranquilla” como se llamaba el torero desde su alternativa en Medellín lo había mamado, y en un principio la ilusión del riesgo y la belleza del ejercicio de torería llenó más su corazón que su cabeza de gloria, fama, salidas a hombros, trofeos propios de carnicero y un lugar de honor en la historia del toreo de su país.

Donde el torero se encontraba más en sazón era en la hacienda de su familia y si había algo que amaba sobre todas sus cosas era cabalgar por las dehesas acompañando a la nutrida cabaña de toros bravos que servían algunos de los más importantes festejos de su querida Colombia.  Si fue la casualidad o el destino el torero nunca lo supo, pero fue un día que asistió al veterinario en el parto de un becerrito zaino, negro como una noche de Luna nueva, salvo por una pequeña mancha blanca en el morro, cuando realmente se gesto su destino ulterior. Amaba su oficio, pero más amaba sus dehesas y ver a esas bestias bravas disfrutando del mejor pasto y creciendo hasta convertirse en el ideal de nobleza que “Benjamínde Barranquilla” había imaginado en sus cabalgadas.

El tiempo fue pasando  y “Benjamín de Barranquilla” se encariñó con “Negrito” y la bestia hizo lo propio con el torero. Durante cinco años, siempre que no viajaba por el país o estaba en Méjico, o haciendo la temporada española, pasaba el tiempo entrenando su oficio en la hacienda o cabalgando con “Negrito” a su lado. Y llegó el día que su padre le dijo comiendo en un caro restarurante de Bogotá que iba a torear en Barranquilla, su tierra y delante de sus paisanos una corrida de toros de la ganadería familiar. Una confabulación de circunstancias que, para que negarlo, hizo muy, muy feliz al joven torero.

Al sorteo de los toros fue su hermano y apoderado, él no gustaba de ese trámite, le parecía inquietante saber de antemano los toros que iba a torear. Recibir, como acostumbraba, a puerta de toriles, a un toro del que desconocía hasta el nombre se había convertido en su particular superstición, superstición que en diversas formas nunca es ajena al que se gana la vida sin saber si esa tarde será la última de su carrera o de su vida.

Y llegó la tarde, vestido de purísima y oro como su ídolo Manolete, tarde de triunfo, dos orejas en el tercero, las felicitaciones de cuadrilla, compañeros y aficionados cercanos a la barrera, la muerte esa tarde se vestía de gloria, en su pueblo, con sus paisanos y con los mejores ejemplares de la ganadería familiar. Era la tarde de lidia más feliz desde que había tomado la alternativa en la mítica plaza de Pamplona, má allá del mar.

De rodillas y fija la vista en el agujero negro de toriles, como era muy habitual en él se dispuso a recibir al sexto y último toro de una tarde más de gloria. Oyó las patas del animal en la oscuridad pateando la arena mientras tensaba hasta el último de sus músculos para comenzar como un valiente la última faena de la tarde.

La sangre se heló en sus venas, lo conocía desde su nacimiento, la mancha blanca del hocico era inconfundible. “Negrito” arrancó como una locomotora hacia el torero con la bravura propia que había dado fama a la ganadería paterna. El toro, el amigo de paseos y galopadas en la dehesa pareció reconocerle y freno su carrera en seco y cayó al suelo, se levantó lentamente y con un trote alegre y ligero espantando imaginarias moscas con el rabo se acercó al matador, al amigo y compañero. Luis bajó el capote apoyándolo en las rodillas y ocurrió aquello que sería objeto de comentarios en los días siguientes. “Negrito” bajó la cabeza se acercó al amigo y empujó jugando la figura helada del torero. No pudo hacerlo, el silencio y sorpresa en la plaza sólo era comparable al shock silencioso de Luis. Se levantó, se apróximo a la fiera y ésta hizo lo que hacía todos los días que su amigo, compañero y hermano le visitaba en el campo, apoyó su enorme cabeza rematada en dos armas mortales en la cara del matador y con su áspera lengua oscura lamió su cara.

La imagen dio la vuelta al mundo, Luis se acercó al remate de la barrera seguido por su amigo, se sentó, recogió su capote en el regazo mientras un un silencio pesado sustituía el ambiente de fiesta. “Negrito”  y sus quinientos treinta kilos le siguió mansamente y quedó parado dos palmos escasos de su cara. Los más cercanos a la estrella de Medellín oyeron su llanto sincero mientras se tapaba la cara con la vergüenza propia del que sabe que va a matar a su mejor amigo. La bestia le miraba como comprendiendo su dolor. Se miraron, Luis pasó la manga de la taleguilla por sus ojos intentando secar el llanto, se levantó, acarició el morro blanco del animal, pasó su mano por el lomo y bestia y hombre salieron por la puerta de toriles. “No puedo, no puedo” es lo único que pudo alcanzar a decir a su padre cuando desaparecía en la oscuridad del corredor. La plaza en absoluto silencio vió como los dos amigos desaparecían del albero. Lo que ocurrió despues forma parte de la memoria colectiva de la afición colombiana. Una vez fuera del ruedo se escuchó la mayor ovación que se recuerda haber dado a estrella alguna del toreo en la plaza de Medellín. El poder de la amistad oscureció al arte, a la fiesta.

Luis nunca más salió a un ruedo y mucho menos mató a ningun animal y esa tarde de Sol y fiesta quedó como la más recordada y celebrada de la plaza de toros de Medellín, “Negrito” murió libre en las dehesas, y al torero se le recuerda como el más noble artista taurino de Colombia.”

Ficción dedicada a Álvaro Munera

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