MIEDO. ¿Se puede morir de miedo? Nuestra protagonista lo supo demasiado tarde

MIEDO

Un impresionante relato corto de uno de nuestros amigos norteamericanos muy en la línea de Chejov y Poe. ¡Muy Recomendable!

MIEDO

by Michel Sitka

                     “Contemplaba al miserable monstruo que yo mismo había creado…”
                                                                                                                           

                                                                                                                           Mary Shelley

 

“-Mi nombre es Miedo, dicen que no me temen pero casi todo el mundo tiene miedo a alguien o algo, en  los momentos mas negros aparece el miedo a tener miedo. Recelan, se asustan, porque el terror bruto, materia prima de sus pesadillas, es lo que deberían evitar. Y es inútil hacerlo desaparecer-”.

Jo recogía los bártulos de limpiar mientras empujaba el carrito hacia la puerta de servicio donde se cambiaban y aseaban los empleados. Acababa de embutirse una gabardina oscura con mataduras y brillos, producto del exceso de uso, para salir al mundo exterior de nuevo; entretanto oía la alocución final del programa de Steve Knob arrastrando las últimas palabras, con un fondo de lluvia para acentuar el carácter misterioso del programa, muy popular entre los desvelados oyentes nocturnos de Portland.  Su turno acababa en diez minutos y en el edificio de Havey & Wilson, aledaño a las instalaciones del puerto, sólo quedaba un vigilante casi vencido por el sueño, que la saludó descuidadamente cuando llegó al vestíbulo de la planta baja.

Recordaba lejanamente, y no le gustaba recordar,  las ilusiones que había traído desde Eastport. Se rebeló desde adolescente contra todo lo que representaba su pueblo natal, donde sólo le esperaba un futuro de manipuladora en la industria conservera, salobre y gris, como el cielo en el otoño de Maine. Cangrejos y langostas atormentándola en sus pesadillas infantiles con el sonido de sus asquerosas patas.

Jo había huido al cumplir veintiún años hacia la próspera Portland. Soñaba con  comenzar sus estudios en la universidad, trabajar en una galería del distrito de las artes o ser como aquellas chicas que aparecían en los folletos publicitarios de las compañías aéreas locales, y que no acabarían sus días oliendo de forma permanente a crustáceos corrompidos. La realidad distaba de parecerse a sus sueños de gloria. Tenía treinta y ocho años, dos fracasos matrimoniales, un incipiente alcoholismo y cinco plantas para limpiar en las instalaciones portuarias a cambio de un salario de mierda siempre insuficiente. Pero sobre todo le agobiaba la soledad, el miedo, y la fatal sospecha de que todo aún podría empeorar.

El turno de noche nunca le gustó, acababa sobre las cinco de la madrugada y el autobús nocturno, que la trasladaba a su casa en Oxford  desde la zona industrial del puerto, hacía su parada a casi tres millas, bordeando la zona de reparaciones del viejo dique. Estaba cansada y la salida del edificio era  el último reducto iluminado decentemente. Se arrebujó en la gabardina y empuñó un enorme paraguas de colores ridículos, afianzó el bolso en el hombro y, ya en la puerta, dudó entre apretarse el largo trayecto hasta la parada por el camino ordinario o acortar entre los dos grandes depósitos de contenedores del puerto; dudó entre las dos alternativas sopesando los pros y los contras y el miedo perdió la partida, o no pudo competir contra la lluvia y  las ganas de estar de regreso en casa lo antes posible.

En realidad el miedo no perdió la partida, simplemente se quedo agazapado, por ahora parecía que también se guarecía de la lluviosa noche, pero Jo sabía que estaba oculto en algún lugar de su cabeza y ésto no la tranquilizó en absoluto. Intentó calmarse, sacó un Marlboro 25 del bolsillo y encendió un cigarrillo mirando hacia las vacilantes luces, dio dos caladas, abrió el paraguas y salió a la calle.

Inmediatamente la lluvia empezó a repiquetear sobre la tela tensada, el sonido del agua sonó amplificado por la tela en los oídos de Jo y se sobresaltó, no estaba tranquila; el atajo, triste, gris y maloliente de día, aparecía ahora lóbrego e inquietante. Miró a un lado y otro, soledad absoluta, sacudió la cabeza, aplastó el cigarrillo contra el pavimento de pequeñas baldosas, giró a la izquierda en la primera bocacalle y se encaminó hacia la oscuridad.

Bastaba que se sintiera inquieta para que esa inquietud la acompañara desde los primeros momentos. La soledad de la calle que acababa de enfilar la llevaría  al estrecho callejón entre los contenedores, con el impacto de las gotas de agua sobre el cemento como telón de fondo. El agua borboteando, se escurría por los muros de las naves industriales impregnando todo de un hedor familiar, mezcla de moho y marisco en descomposición, y sobre todo el eco de sus propios pasos martilleando el interior de su cabeza.

Al principio sólo eran un simple y rítmico sonido de chapoteo –claps, claps, claps…-, pero sobre el fondo uniforme de la lluvia, los pasos fueron adquiriendo importancia sobre el resto. Jo trató de no obsesionarse con los pasos y simplemente eso bastó para que éstos fueran adquiriendo importancia sobre el sonido de la tormenta, que acababa de empezar a descargar sobre el área del puerto; ahora advertía un ligero eco que reverberaba desde las paredes de ladrillo rojo y ennegrecido de las naves, unos momentos después fueron las distintas matizaciones del sonido. En realidad, ella misma fue agigantando el sonido de las pisadas hasta que llenó su cabeza por completo de golpes y ecos, de ecos y golpes. Intentó tranquilizarse, estaba llegando a la zona iluminada de la calle. Experimentó un cierto alivio al llegar a la primera farola. Con la luz, trató de calmarse un poco pensando en las vulgares comodidades de su minúsculo apartamento, sin demasiados resultados.

El ruido del agua y el viento, que había comenzado a bufar como gritos de cólera en la oscuridad, se detuvo y  en un instante mágico la cabeza de Jo se vació de sonidos. Súbitamente un terrible estruendo restalló e iluminó la calzada. Cuando volvió la cabeza la calle encuadraba un espigón sobre el que cayó un rayo, iluminando un mar absolutamente negro que, a no ser por los imponentes rompientes, se habría confundido con la negrura de la que acababa de llegar. Instintivamente se refugió debajo del paraguas, encogió los hombros y se dio cuenta de que tenía los ojos desmesuradamente abiertos. Estaba temblando, su frecuencia cardiaca había aumentado, y empapada por el aguacero temblaba aterida.

Se acercó al muro. La luz que antes creyó protectora de repente se transformó a los ojos de Jo. Las lámparas de sodio, separadas por intervalos de semioscuridad,  envejecían, aún más si cabe, el aspecto destartalado de la calle. La luz amarilla se difundía en círculos dejando en penumbra una buena cantidad de metros entre cada dos farolas. El halo disperso de los focos insinuaba formas que cambiaban con el punto de vista, en lo que a Jo le parecía un espectral juego de sombras, y a su pesar la imaginación le comenzó a pasar factura.

Efectivamente, las sombras cambiaban de disposición según avanzaba o se alejaba de las farolas, el miedo prendido al agua, a las sombras, a los destellos o al sonido ligado del mar y la lluvia pugnaba con Jo, que comprobaba con fatalidad que los quince minutos hasta la parada se le estaban haciendo demasiado largos.

No miraba, avanzaba intentado no fijarse en nada con la sola idea de llegar al final de la oscuridad. Pero no resultaba, ya no lo dudaba, nunca debería haber tomado ese camino. El miedo es una cosa curiosa, presta realidad a lo imaginario, y se empezó a sentir observada, adelantó el paso, se juró a sí misma no salir corriendo, sentía como sus articulaciones y músculos se ralentizaban, una sensación de premura por detenerse, pero sabía que no podía interrumpir su marcha, paralizarse, y menos por estúpidas imaginaciones propias de una histérica sola y maniática.

Tres bocacalles antes de los contenedores, su lucha por mantener la calma sufrió un duro golpe, a la izquierda unas escaleras subían hasta la salida trasera de la nave de tratamiento de langostas  Lobster´s Manufacturing Ltd. Ya conocía los efectos de la oxidación lenta de los restos de langosta, muy ricos en fósforo, en cualquier pudridero de ese tipo, donde iban a parar los restos inadecuados para el aprovechamiento comercial. Otra cosa era ver los efectos de la descomposición en esos precisos momentos. Se paró, el fenómeno luminoso captó toda su atención, irradiaba hacia  el exterior de los contenedores e impregnaba parte de las paredes  como derramándose de la redoma gigantesca de un alquimista.

Luminiscente, el verde sucio se traslucía a través de la lluvia y Jo de manera inconsciente personificó los efectos del fósforo, y el miedo hizo el resto. Las impregnaciones adquirieron personalidad propia y la química se convirtió instantáneamente en terror. Su Yo racional sabía que los ruidos que venían del pudridero no tenían nada que ver con las luces, algunas langostas vivas siempre iban a parar allí en el proceso conservero, pero su Yo irracional se debatía en una incipiente crisis de pánico, las asquerosas patas de las langostas rechinaban al resbalar entre los restos muertos de sus congéneres, con las mismas cadencias que observaba en las luces. Parecía que las jodidas luces estaban vivas…y no se sentían a gusto con las visitas.

La acumulación de los restos en putrefacción, a pesar de la purificadora lluvia, lanzó hacia Jo un puñetazo de asco, dejó de ver con sus ojos, en su cabeza aparecía una repulsiva amalgama de olores, imágenes y sonidos. Se acuclilló, inclino la cabeza entre sus piernas y soltó el paraguas; a merced de la lluvia la náusea llegó como una explosión interior, humedad, asco y miedo la estaban llevando a la hiperventilación, y a su vez ésta agravó su neurosis. En su mente sentía la hostilidad del infecto marisco. Se encogió con el estómago hecho un nudo  e intentó al menos dejar de temblar. Tenía que incorporarse y ponerse a caminar. La situación de inquietante se había tornado en peligrosa.

A unos pasos estaba la entrada al estrecho pasillo; entre los depósitos de contenedores, los fluorescentes en hilera, colgados cada diez metros a lo largo del callejón, estaban apagados, con un ligero brillo remanente. Desde donde estaba Jo aparecía oscuro y siniestro. Las luces de obra se percibían al otro lado dando un tono anaranjado, como una especie de aura, a la parte superior de las montañas de contenedores; una secuencia de ruidos lejanos indeterminados llegaba a sus oídos en una especie de lejana cacofonía.

Luchando contra el viento que se había vuelto a desatar, se dirigió con precipitación hacia el callejón; la aprensión, causada por la oscuridad del estrecho pasillo, estaba de sobra recompensada con su salida hacia la autopista donde se encontraba su salvación, la parada del autobús.

Hizo acopio de toda la resolución posible y caminó rápidamente hacia la embocadura. La tormenta arreciaba mas según se acercaba. Desde la oscuridad, el viento empujado hacia la angostura se arremolinó y golpeó salvajemente a Jo. La tela del paraguas se convirtió en grandes trizas, las varillas se doblaron hacia atrás y su cuerpo quedó como crucificado frente al remolino de agua y viento.

En ese preciso instante, cuando la sorpresa y el terror contenían toda la realidad de Jo, algo cubrió su cara con un bofetón mojado y pegajoso, aplastándose contra su rostro. Sobresaltada, asustada y empapada en lluvia, salitre y su propio sudor helado, retiró histéricamente, manoteando con ambas manos, aquello que cubría su cara. En el escaso espacio que dejaban las sombras a una mortecina luz amarillenta, alcanzó a comprobar que era un pedazo de papel, roto y empapado. A lo largo del borde rasgado se distinguía un rostro parcialmente decapitado, sonreía con una dentadura tan perfecta que le recordó la sonrisa  de una fiera. Jo palideció, sintió que la sangre desaparecía de su cuerpo, el miedo dejó de ser una mera entelequia para convertirse de repente en algo absolutamente material, tangible, casi orgánico; las dos líneas  inferiores mandaban un mensaje claro y explícito a Jo:

                                                                            Un funeral muy especial para

                                                          Jo

Las causas dejaron de tener importancia. En una fracción de segundo, el pánico se manifestó con su mas brutal crudeza, bloqueando la capacidad de Jo para resolver la situación. Sintió que la oscuridad se cerraba sobre ella a pesar de no estar demasiado lejos del último foco de luz. Todos los miedos afloraron en un chorro incontrolado. Miedo a la oscuridad, miedo a la muerte, al fuego, al agua, al aire, a la noche, miedo a la verdad, miedo a la mentira, miedo a las langostas, a los vampiros o a los dueños de la oscuridad, miedo a uno mismo… miedo al mismo Miedo. Y corrió.

El enrejado de alambre cubría el callejón, una jaula entre montañas de monstruos metálicos y muertos de la que colgaban espaciadamente fluorescentes apagados por la tormenta, y cuyos cebadores sonaban con un zumbido característico, que se sumó en el interior de la cabeza de Jo a la lluvia, los pasos, los truenos, el viento y las langostas, sobre todo a las langostas.

La adrenalina no dejó de acudir puntual a la cita. Llegó a sentir que su corazón ocupaba todo el pecho y pugnaba por hacerlo estallar. El estrechamiento de los finos capilares de su piel a causa del frío y el miedo proporcionaban a su rostro una lividez mortal donde los ojos, tan abiertos que parecían sin párpados, ya no miraban a lugar alguno. Cayó y volvió a caer entre el légamo pegajoso, bolsas de desperdicios y botellas rotas. En una de las caídas se precipitó de bruces contra el suelo pavimentado de cristales, produciéndose múltiples cortes de los que empezó a manar abundantemente la sangre, que mezclada con el agua convirtió su rostro en una  atroz máscara roja. Intentó escarbar en el fondo de su cabeza y encontrar algo del juicio que se iba yendo como el agua a las alcantarillas. A lo lejos sonaban las sirenas, no lograba ver el resplandor de las luces a causa del velo de sangre, pero oía sus aullidos. Perdió uno de sus zapatos baratos y feos, cojeando, tambaleándose, su maltratado cuerpo avanzó de un lado al otro bajo la línea de fluorescentes; había gente normal, calles normales, un mundo muy distinto al que estaba percibiendo su mente enferma y asustada.

Súbitamente los cebadores callaron y, de los tubos de descarga, surgió una luz cegadora que en esa oscuridad casi total hizo que por unos segundos Jo quedara deslumbrada. Una vez sus pupilas, dilatadas por la oscuridad, asumieron correctamente la luz de los tubos, se quedó petrificada, el miedo a morir se transformó en certeza, su vejiga se vació sintiendo como sus propias inmundicias resbalaban  hasta el suelo empapado por la lluvia. A la luz de los focos Jo estaba rodeada de ataúdes, volteados unos, con las tapas abiertas otros, diferentes en su diseño pero idénticos en su propósito; algunos con su interior tapizado en nido de abeja, otros con un simple sudario, con cruces y retratos en su tapa o desnudos, sin ornamentos. A sus pies un catafalco exhibía la superficie pulida propia de los espejos, cuando la superficie de azogue  devolvió su imagen, recordó las últimas palabras del programa de Steve Knob.  Ése fue su último pensamiento racional. No llegó a oír su propio grito cuando reparó en que el rostro ensangrentado y absolutamente deformado por el horror que el espejo le devolvía ya no lo reconocía como suyo.

Cuando los latidos de su corazón alcanzaron los doscientos veinte latidos por minuto, su corazón  estalló para convertirse en un despojo sin movimiento; su cuerpo se dobló por la cintura como se troncha un árbol podrido y se desplomó retorcido, torturado, muerto, sobre el ataúd.

**********

El agente Mulkern esposó e introdujo en el coche patrulla al detenido, y bromeó con su compañero, un corpulento irlandés recién salido de la academia. El peligroso conductor resultó ser un empleado de la firma de pompas fúnebres; no vio ningún inconveniente en tomar prestado el camión, ya preparado para realizar el traslado del stock de ataúdes y artículos funerarios al día siguiente, y tomar unas copas por el Gran Portland. Le perdieron la pista en el puerto, el mal whisky, mediocre y barato, su mala fortuna, o ambos, le hicieron volcar el camión después de perder parte de la carga en el callejón del muelle oeste, entre los dos depósitos de contenedores. Con cierta guasa, Mulkern se agachó y recogió uno de los folletos publicitarios que sembraban toda la calle, y se lo introdujo a su compañero en el bolsillo izquierdo del chaquetón.

-Te aconsejo que lo conserves, en esta profesión nunca se sabe cuando van a necesitarse los servicios del enterrador- le guiñó el ojo y se guareció de la lluvia en el interior del coche patrulla.

El irlandés sacó el folleto empapado, lo alisó alejándolo un tanto de la cara y leyó:

 Un funeral muy especial para sus seres más queridos. Funerarias SL. del Sur de Portland

Jones, Rich & Hutching Funeral Home

 Con gesto descuidado, el ciclópeo agente de la policía de Portland dejó caer el papel sobre la calzada mojada, subió el cuello de su  chaquetón forrado en falso borrego y se caló la gorra de plato. Sonrió para sus adentros pensando en la vuelta a casa y en las patatas gratinadas que habían sobrado de la cena, se introdujo en el coche, arrancó, y las sirenas enmudecieron mientras las luces alumbraban en tonos rojos y azules las instalaciones del puerto.

   FIN

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